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George Akerlof

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El “padre” de la economía de la información

George Akerlof estuvo en Madrid el pasado 17 de noviembre, invitado por la Fundación Rafael del Pino. Ha publicado este año, en colaboración con Robert Shiller, Animal Spirits, un entretenido libro en el que se aplican muchas ideas de Keynes para explicar la actual crisis.

Obtuvo en 2001 el Premio Nobel de Economía -junto con Joseph Stiglitz y Michael Spence- por un célebre artículo publicado en 1970 -se lo rechazaron por banal las tres primeras revistas a las que lo envió-, en el que utilizaba el mercado de coches de segunda mano para ilustrar cómo la diferencia de información entre comprador y vendedor sobre la calidad del producto -la llamada "información asimétrica"- puede hacer que el mercado desaparezca, al expulsar progresivamente los productos de mayor calidad.   Desde que pasó un año en la India en los años 60, Akerlof se ha caracterizado por incorporar a sus análisis económicos conceptos de cariz sociológico. Está casado con Janet Yellen, una eminente macroeconomista de ideas keynesianas, que preside el Banco de la Reserva Federal de San Francisco.    

¿Tuvo algún papel la información asimétrica en el origen de la actual crisis?

Me he preguntado muchas veces por qué antes de las crisis muchos inversores, incluso gestores de fondos sofisticados, compraron activos financieros complejos que, en el fondo, no entendían bien; o por qué prestaron a instituciones tan apalancadas como, por ejemplo, Lehman Brothers.

Una de las principales razones estuvo, sin duda, en las agencias de rating, que otorgaron a muchos productos estructurados una calificación máxima (triple A) que no merecían, pero que suscitaron una confianza en los mercados. Al recibir sus ingresos de los patrocinadores de tales productos, no tenían incentivos para otorgarles una calificación baja. Lo ideal sería que, como en el pasado, las agencias volvieran a cobrar de los inversores.

En las fases de euforia de los mercados se da también otra asimetría: los gestores conservadores y prudentes -que endeudan poco a sus empresas- tienden a desaparecer, porque no logran resultados tan abultados como sus competidores más osados y terminan siendo comprados por instituciones apalancadas, que les acaban endosando las deudas que sus antiguos gestores no quisieron tomar. Así pues, los prudentes desaparecen poco a poco del mercado y los optimistas toman el control, hasta que llega la crisis. Esa inexorable presión derivada de la excesiva competencia quedó bien reflejada en la célebre frase de Chuck Prince: "Hay que seguir bailando mientras dure la música". Incluso aunque se sepa -añado yo- que, cuando la música pare, no habrá sillas para todos.

¿Cómo controlar en las etapas de euforia esos animal spirits que producen tantos excesos?

Una buena regulación y supervisión financiera puede contribuir a domarlos. En realidad, tradicionalmente la buena regulación fue uno de los grandes motivos del prestigio internacional de los mercados americanos. Pasa como en el deporte profesional: la prohibición del dopaje no impide que la industria prospere y atraiga muchos espectadores.

Por desgracia, en los años anteriores a la crisis se llevó a cabo una profunda desregulación por razones ideológicas, que dejó sin regular productos financieros complejos (entre ellos, los Credit Default Swaps o CDS), cuyo importante creció desmesuradamente. Hubo algunos -entre ellos, Arthur Levitt, antiguo presidente de la Comisión de Valores americana (SEC)- que intentaron introducir mayor regulación, pero no les dejaron.

Lo peor, desde luego, es que exista una regulación mala o ineficaz, pero que la gente crea que es buena; porque entonces se confiará en exceso y no tomará las precauciones que habría adoptado en un mercado no regulado.

¿Están siguiendo las autoridades las políticas adecuadas para salir de la crisis?

La Reserva Federal -al incrementar significativamente su balance- y el Gobierno americano -al introducir un intenso estímulo fiscal- han acertado plenamente. Su política ha sido muy inteligente (enlightened). Es más, tal vez la opinión pública no sea del todo consciente de lo bien que lo han hecho, a la vista de las circunstancias extraordinarias que hemos vivido. Las políticas en la Unión Europea también han sido acertadas.

Los estímulos deben continuar hasta que la recuperación esté bien asentada. El único límite debe ser evitar un crecimiento excesivo de la Deuda Pública. Ahora bien, en materia de Deuda lo importante no es el nivel absoluto de un país (en proporción de su PIB), sino en comparación con los restantes países. Pasa un poco como en el célebre chiste de los dos excursionistas que se encuentran con un oso: el que se pone las zapatillas no necesita correr más que el oso, sino sólo más que su compañero.

La Deuda Pública hay que reducirla en tiempos de bonanza. Ese fue el gran error de la Administración Bush: aprobó una gran rebaja fiscal que, además de beneficiar prioritariamente a los más ricos, destruyó el ahorro público que había logrado la Administración Clinton al conseguir superávits presupuestarios. Esos superávits eran importantes para acumular fondos para tiempos de crisis (rainy day funds), sino también para compensar el déficit a largo plazo en el sistema de pensiones públicas y, sobre todo, de salud pública (Medicare y Medicaid).

Vd. ha estudiado cómo funcionan los mercados de trabajo y por qué producen desempleo involuntario. ¿Cree que las normas del mercado de trabajo español tienen algo que ver con nuestra elevada tasa de desempleo y de contratación temporal?

Con mi análisis de los "salarios de eficiencia" (eficiency wages) traté de explicar  por qué puede existir desempleo involuntario incluso en un país sin legislación laboral ni sindicatos. La razón está en que, para estimular la moral y el esfuerzo de los trabajadores -y, además, tomar en cuentas los deseos de justicia (fairness) de estos-, las empresas pagarán unos salarios más altos que los que estarían dispuestos a aceptar los desempleados.

No conozco bien la situación española. A mi juicio, la excesiva temporalidad y la falta de protección de los trabajadores puede dificultar los aumentos de productividad.

En Animal Spirits hablan de la "ilusión monetaria" y de la dificultad de reducir los precios y salarios relativos cuando la inflación es muy baja: la gente se resiste mucho más a recortes nominales de salarios y precios que a que no se ajusten a la inflación. ¿Tiene la impresión de que los precios y salarios en España debieran reducirse en términos nominales?

En Estados Unidos la crisis ha hecho que algunas empresas e instituciones redujeran sus salarios nominales (p.ej. en la Universidad de California los sueldos se han reducido en un 8%, como consecuencia de la crisis). Aunque no estoy familiarizado con la situación en España, en principio no me parecería descabellado que los precios y salarios se redujeran en términos nominales. En líneas generales, he encontrado Madrid bastante caro (tal vez como consecuencia de la fortaleza del euro respecto al dólar).

También señalan que el uso generalizado de tarjetas de crédito estimuló mucho el consumo (y redujo el ahorro) en Estados Unidos. ¿Se solucionarían tal vez los desequilibrios de la economía global si  los grandes países superavitarios (como China o Alemania) repartieran tarjetas de crédito a sus ciudadanos?

China se enfrenta a un dilema: si no quiere seguir acumulando excedentes de balanza de pagos y comprando Deuda pública americana, tendrá que aceptar una apreciación significativa de su moneda, cosa a la que se está resistiendo.

¿No teme que, si las autoridades chinas perdieran en algún momento la confianza en el dólar, éste podría sufrir una brusca caída?

Yo no suscribo la tesis oficial de que "a Estados Unidos le interesa un dólar fuerte". Una depreciación del dólar tendría un efecto estimulante sobre la economía americana. Aunque, sí, le reconozco que no beneficiaría a la Unión Europea.

¿Cuál será su próximo libro?

A principios de 2010 publicaré, junto con Rachel Kranton, un libro titulado "Identidad y Economía". Nuestra tesis es que la mayoría de las organizaciones funcionan gracias a la lealtad de sus empleados y su identificación con los objetivos de la organización. Los incentivos económicos tienen menos importancia de lo que se cree y no es fácil diseñarlos bien. Si se quiere promover el trabajo en equipo, cosa frecuente, ¿cómo determinar la contribución exacta de cada miembro al resultado final? Si los incentivos priman, por ejemplo, la obtención de beneficios, los directivos tenderán a concentrarse en maximizarlos a corto plazo.

Los incentivos económicos hacen a veces que la gente se aparte de su deber. De ahí la importancia para las empresas y demás organizaciones de lo que Rachel y yo hemos llamado "capital motivacional".

¿Ha comprado alguna vez un coche de segunda mano?

He comprado y vendido varios. Todos estaban bien, no hubo ningún lemon. Pero todas las compraventas fueron con amigos. 

 

Fuente: www.expansion.com

Autor: Manuel Conthe

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